5 artistas japoneses que te harán ver la vida a todo color

Este mes de enero inauguramos el año con dos listas relacionadas con artistas japoneses. La primera, Los 5 artistas japoneses que te dejarán K.O. ahonda en el aspecto creativo del gesto y sus relaciones con el arte tradicional y actual, teniendo como referentes a artistas como Jackson Pollock o Yves Klein. Todos estos artistas desarrollaron- y algunos siguen haciéndolo a día de hoy- un arte muy personal que bebe tanto de lo antiguo como de lo nuevo, de lo propio y de lo ajeno.

En esta segunda lista veremos a artistas japoneses que iniciaron su carrera en movimientos o disciplinas internacionales como el Pop-Art, el diseño gráfico o printmaking y el Superflat. Dejemos a un lado los días grises y adentrémonos en esta particular aventura multicolor a través del arte. ¡Allá vamos!

5. Ay-O (1931-) 

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Wildcat/Anger (2001)

En el 2012 el Museo de Arte Contemporáneo de Tokyo organizó la gran retrospectiva: “Ay-O: Over The Rainbow One More” en referencia al libro autobiográfico: “Ay-O, Over the Rainbow. Restrospective 1950-2006” titulo que tomaría de su conocido Manifiesto arco iris (1966).

Como no podía ser menos, a este artista del distrito de Fukui se le conoce como el hombre arco iris– adivinamos por qué-. Desde su primer Rainbow happening de 1964 en el Carnegie Hall de Nueva York no ha parado de realizar obras, ya sean plásticas o performances, con los resabidos colores del arco iris en todas su gradaciones posibles ya sea en temas abstractos o figurativos. Como no podía ser menos, Ay-O se unió al movimiento Fluxus de Georges Maciunas, por cierto, introducido por la omnipresente artista japonesa Yoko Ono en 1963. Desde entonces, el hombre arco iris no ha hecho si no acrecentar su fama, tanto dentro de su país como en el extranjero, representando a Japón en la Bienal de Venecia (1966) y  la Bienal de São Paulo (1971). De hecho, puede que algunos le recordéis por su conocido Happening #17 que realizó con una cinta de 300 metros- color arco iris, por supuesto-; colocada en la cúspide de la Torre Eiffel.

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Rainbow Eiffel Tower Project (1987)

Pero nuestro duendecillo japonés no sólo busca el caldero de oro al final del arco iris. De su carrera como artista tenemos que mencionar sus famosas Finger Boxes dentro de su “afiliación” al movimiento Fluxus, obras táctiles, donde el publico puede meter el dedo y dejarse llevar por diferentes sensaciones, agradables si el artista ha colocado una bola de algodón o una esponja en su interior, o desagradables en el caso de que sea un clavo.

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Rainbow Environment No.7: Tactile Rainbow Room + Rainbow Ames Box (2012) Reconstrucción

En definitiva, Ay-O es capaz de combinar su pasión colorista con ese regusto perverso. Y es que todo sea dicho: muy pocos se resisten a meter el dedo.

4. Tadanori Yokoo (1936-)

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A muchos les cuesta olvidar los 60. Es el caso de Tadanori Yokooartista gráfico que comenzó su carrera artística pintando decorados en teatros vanguardistas de la capital japonesa. Fue en el primer año de esta década cuando Tadanori entra a formar parte del Nippon Design Center (NDC). Desde entonces Tadanori Yokoo lo tuvo claro, el Pop- Art le permitió compaginar sus exposiciones colectivas e individuales en galerías y grandes instituciones como el Museo de Arte Moderno de Tokyo o el MoMA, con el arte más comercial, ilustrando marcas de bebida, carteles de películas o portadas de discos.

Este artista vuelca todo su universo visual y cotidiano en su obra como parte integra del gran arte difuminando sus barreras. ¿Quién dijo que la publicidad no podía ser arte?

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Koshimaki- Osen (1966)

Su arte mezcla un estilo kitsch- que debió conocer en sus viajes a la India-, los collages y fotomontajes surrealistas, la psicodelia de Matu Klarwein, el pop de Andy Warhol, las películas de Akira Kurosawa y la literatura de Yukio Mishima– gran amigo suyo-. De todo ello, Tadanori Yokoo hace un cóctel visual de ácido lisérgico que empapa bien el diseño industrial y poco dado a las irregularidades de su cartelería, y que a mí particularmente – en un intento por llevarlo todo a mi terreno-; me recuerda mucho al Josep Renau de los años 60 y 70.

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Japanese Culture of the Postwar Years 1945-1995 (1996)

Sin irnos muy lejos, el pasado año este artista fue condecorado con el XXVII Premio Imperial en honor al príncipe Takamatsu de las artes. Un premio que pone de manifiesto que los años 60 están más vivos que nunca en el arte gráfico de Tadanori. Eso sí, cada vez más apartado de la vertiente comercial artística desde que Picasso se le apareciera en una de sus innumerables retrospectivas asiáticas.

3. Keiichi Tanaami (1936-)

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La historia de Keiichi Tanaami está íntimamente ligada a los trágicos acontecimientos que sacudieron Japón durante la II Guerra Mundial. En 1942 a consecuencia de los bombardeos de Tokio junto a su familia se trasladaron del barrio de Kyōbashi a Meguro.

Keiichi incapaz de sustraerse al horror de la guerra se refugio en los teatrillos de Kamishibai que entretenía a los pocos niños del lugar: “Me pregunto si lo que realmente sucedió, los sueños y la realidad están todos involucrados en mis recuerdos, almacenados en mi mente en un estado ambiguo”. Un estado entre sueño y vigilia que podemos rastrear en su obra. Pero pronto, esos espectáculos infantiles fueron sustituidos por las películas de una destartalada sala de cine en Meguro: películas como El monstruo de la laguna negra de Jack Arnold o protagonizadas por actrices como Jane Russell, Marilyn Monroe y Jayne Mansfield.

Más tarde ingresaría en la Escuela Superior de Diseño de la Universidad de Arte Musashino esperando que el diseño gráfico le permitiera ganarse la vida. De allí pasó a trabajar en revistas y editoriales. En esa época conoció a Ushio Shinohara – sí, el artista de los guantes de boxeo-; quien le introdujo en el circuito neo- dadaísta japonés.

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KANNOOON (2009)

En 1966 publicó un libro “Retrato de Keiichi Tanaami” donde mezclaba la estética manga con el comic de superhéroes norteamericanos, rompiendo con la idea de que la pintura solo puede colgarse en la pared. Por aquel entonces Warhol ya andaba haciendo de las suyas y Keiichi Tanaami se subió pronto al carro del Pop- Art. Su obra gráfica quedó impregnada de política contra la guerra, de bandas de música y también de mujeres ligeras de ropa. Pero su verdadera pasión era la animación y su gran héroe Osamu Tezuka el popular creador de Astroboy. Y así acabaría haciendo una suerte de animación pop-erótica con títulos como Adiós, Marilyn (1971) o Estudio de la Virgen en uniforme escolar desnudada por los solteros (1972) en homenaje a Duchamp. Fue el primer director de arte de la edición japonesa de Playboy, pero decidió abandonar pronto esa vida de alcohol y perdición para centrarse en el estilo más representativo de su carrera a día de hoy.

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Blowout of skeltons (2011)

Pinturas, dibujos, y también esculturas, en un punto intermedio entre sueño, alucinación y recuerdos. Un horror vacui muy pop, muy manga, y muy trágico. Y es que detrás de todos esos colores no siempre encontramos la felicidad a pesar de que nunca debemos dejar de buscarla.

 2. Takashi Murakami (1962-)

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De Takashi Murakami y su orgiástico mundo de color y fantasía dream pop se ha dicho ya de todo. Artista consumado desde hace décadas- y muy rentable, por cierto-, prepara en la actualidad una gran muestra de su colección privada para el Museo de Arte de Yokohama: “Takashi Murakami’s Superflat Collection Unveiled” que verá la luz el próximo 30 de abril. Una colección de lo más ecléptica- como cabría esperar-, y en donde encontraremos obras del periodo Edo en pinturas de Soga Shohaku o Hakuin Ekaku cohabitando con esculturas de Yoshitomo Nara o Frank Benson: obras del pasado y del presente que nos permiten rastrear el ADN creativo de este polivalente artista sacando a la luz una colección que nos habla también de la historia artística de Japón.

Este artista tenía como principal referente a Shinro Ohtake – antes de saber que su estilo imitaba a Anselm Kiefer o Jeff Koons-; y pronto descubrió que podía compaginar su experiencia en el género Nihonga con su entusiasmo por el anime y el manga. El creador del concepto Superflat y fundador -también presidente- de la compañía Kaikai Kiki (2001) al más puro estilo Factory del siglo XXI, utilizó su obra en un primer momento como crítica del panorama artístico de su país que veía como una copia del modelo occidental. De esa década de los 90 tenemos su archiconocido Sr. DOB, un retrato caricaturesco que coloca aquí y allá desde entonces y hasta ahora.

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DOB Meltdown (2001)

Desde sus comienzos, su obra tuvo una mayor aceptación en América y Europa, algo que siempre ha atribuido al sistema del arte en su país y que desde entonces, con su experiencia en Estados Unidos, supo redirigir su carrera hacia la sociedad de consumo. Para ello se identificó con la subcultura nipona y construyó una marca artística que a día de hoy sigue en auge. Buena muestra de ello fue la gran retrospectiva que desembarcó en el Guggheim de Bilbao allá por el año 2006.

Esa falta de distinción entre la alta y la baja cultura ha dado diálogos sumamente interesantes en los últimos años entre el arte del pasado y el presente tanto en su país como en Occidente. Hablo de la instalación que realizó no hace mucho en el Palacio de Versalles donde sus monstruitos adorables acamparon por un tiempo en el palacio barroco de la dinastía absolutista borbónica en Francia.

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Instalación en el Palacio Versalles (2010)

1. Yayoi Kusama (1929-)

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Si alguien merece el puesto número 1 en esta categoría esa es la polifacética artista Yayoi Kusama. Una artista que a simple vista podría ser consideraba como un personaje excéntrico en la línea de Lady Gaga u Orlan. Pero Yayoi Kusama va más allá de su personaje. Su obra es a día de hoy una de las más originales muestras de supervivencia del Art- Pop, la corriente minimalista y sobre todo del arte feminista de los años 50 y 60- que tiene en su haber a Lynda Benglis o Eva Hesse-, siendo una de las artistas vivas más interesantes y transgresoras desde que con solo 23 años, diera el salto a Nueva York después de unos años formativos en el estilo Nihonga. Allí llamaría la atención de Donald Judd y acabaría exponiendo junto a Yves Klein.

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Infinity Mirror Room – Phalli’s Field (1965)

De esa época dorada a nivel creativo de los años 60 tenemos sus Accumulation sculptures, apéndices blandos de formas orgánicas con sus característicos lunares y que después trasladaría a su propio cuerpo en fotografías y performances, o en el de los asistentes en sus conocidos happenings. Su obra se enmarca dentro de los movimientos contraculturales que sacudieron américa en la década de los 60 en torno al pacifismo y la liberación sexual. Su película producida y protagonizada por ella misma Kusama’s Self-Obliteration (1967) ganaría el IV premio de Cine Experimental en Bélgica y el segundo puesto en el Festival de Cine de Maryland al igual que en el Festival de Cine de Ann Arbor.

Pero además de esto Yayoi Kusama ha experimentado siempre con el espacio. Sus instalaciones envuelven al espectador y lo hace participe de una realidad multicolor utilizando espejos, manchas de color y luces de todo tipo: una relación entre cuerpo y espacio que la artista y el público ha podido explorar en su reciente retrospectiva: “Yayoi Kusama: Obsesión Infinita” comisariada por Philip Larratt-SmithFrances Morris– nombrada directora de la Tate Modern este mes, por cierto-, y que acabó el pasado mes de junio en el chileno Centro de las Artes 660 / CA 660 después de su largo periplo latinoamericano.

Desde los 90, esta artista se ha interesado por el diálogo entre arte y espacio tanto al aire libre como en interiores. Estas instalaciones exploran un valor terapéutico tras su paso episódico por centros psiquiátricos producto de crisis de identidad en un mundo cada vez más globalizado y cuya principal vía de escape es el color y las sensaciones tomadas del contacto con su arte.

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