Cartas desde un paraíso ficticio “Escritos de un salvaje”

  • Gauguin, Paul. “Escritos de un salvaje”. Madrid: Akal, 2015 (IIª Edición)

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“Llegará un día (y quizá pronto) en que huiré a los bosques de una isla de Oceanía para vivir allí de éxtasis, de tranquilidad y de arte […] Libre, por fin, sin preocupaciones de dinero, podré amar, cantar y morir […]

(París, sin fecha, febrero de 1890)

Este breve fragmento corresponde a una de las cartas que Gauguin envió a su esposa Mette después de pasar un año entre Pont-Aven y Le Pouldu en la Bretaña francesa. Su estancia en esta región del noroeste de Francia supuso un punto de inflexión en la vida de un hombre que deseaba dejar a un lado todas sus ataduras- tanto en lo personal y económico como en lo artístico- para trasladarse a un lugar que sólo existía en su imaginación.

Pero, ¿dónde empieza la verdad y acaba la mentira en la obra de Paul Gauguin? ¿Se puede hablar de mentira en el arte…? En Gauguin encontramos la leyenda del artista salvaje, el mito, la irrefrenable llamada del instinto unido a la pasión estética. Escuchar la voz del artista quizás nos ayude a descubrir qué había detrás de ese juego de apariencias. Este libro no sólo reúne las cartas del artista, si no también sus notas, partes de su libro Noa-Noa, quejas al Mercure, artículos en Le Sourire, y finalmente, sus memorias inconclusas, Antes y después. Se trata de una pequeña aproximación a los pensamientos, anhelos y ficciones de uno de los artistas postimpresionistas más relevantes y también -porqué no decirlo-, más rentables de la Historia del arte.

101.5 x 77.5 cm; Öl auf Leinwand; Inv. Dep 105
Gauguin “Nafea Fa Ipoipo” (1892)

¿Qué habría pensando el Gauguin tahitiano al saber que Nafea Faa Ipoipo fue vendida hace un año por 300 millones de dólares? Un artista que tenía que darse por satisfecho si vendía una obra por 100 francos en París, sin duda habría esbozado- cuanto menos- una sonrisa cínica. La respuesta tendremos que buscarla en este libro. Entre sus páginas, Gauguin se lamenta de la suerte de su amigo Van Gogh, cuya obra se revalorizó únicamente tras su muerte. Acusado de provocar su crisis nerviosa definitiva en Arles, Gauguin se defiende y habla de su amigo Vincent con un cariño compartido a pesar de sus constantes afrentas en lo personal y en lo artístico. Ambos se sentían hermanos, hijos bastardos del sistema del arte contemporáneo.

Si Van Gogh en sus Cartas a Theo se juzgaba a sí mismo duramente con una necesidad imperante de redención- propio de un alma atormentada- Gauguin en Escritos de un salvaje se encarga de rodear su figura de un aura exótica, antisocial e irónica: un hombre mestizo, un “salvaje”, como se denominaba a sí mismo, empleado en la agencia de cambios de Paul Bertin que estudiaba pintura por las noches y visitaba el Museo del Hombre y la Exposición Universal de París por el día, un marino mercante que viajó entre Europa y Sudamérica, un marido y un padre, que abandonó a su familia en Dinamarca para iniciar una vida dedicada enteramente al arte, a fustigar a la Academia – y especialmente a Bouguereau– y a todos los críticos del arte en general, para ensalzar de este modo a sus héroes modernos Ingres, Manet y Degas, entre otros, y así unirse- y no sin razón-, a la genealogía de artistas rechazados por los Salons.

Por aquel entonces, en la capital francesa, el mundo del arte bebía los vientos por cualquier manifestación artística venida de los lugares más remotos del mundo. Serían los artistas de Montparnasse quienes darían valor a estas obras de arte, en especial, al arte oriental. La renovación del panorama artístico contemporáneo pasaba por el arte del “otro”, que estos artistas- Toulouse Lautrec, Cézanne…-, asociaban a los orígenes incorruptos del ser humano. La Exposición Universal de 1878 había traído a París a más de 400 indígenas que se paseaban por los distintos pabellones de África y Oceanía en paraísos reconstruidos, zoológicos humanos, que a ojos de los europeos eran la imagen de la barbarie, la inmoralidad, y también, la libertad: unos pueblos que vivían allí donde el control político, económico y moral no existían – o eso creían-. Al menos, Gauguin se lo creyó – o eso hizo creer-. En definitiva, un constructo social que le impulsó a dar el salto definitivo a la conquista artística de su particular Paraíso Perdido.

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Gauguin “Fatata te Miti” (1892)

Una vez allí, en las posesiones francesas de Oceanía, le devino la desilusión que mitigó construyendo un mundo de colores puros y de personajes inocentes a través de un arte primitivo o salvaje. Libre de todo convencionalismo académico, Gauguin inventó lo tahitiano. A través de las cartas a su mujer, a Schuffenecker o Monfreid, entre otros, el artista relata los pormenores de su estancia en el Paraíso con un tono que recuerda mucho a los protagonistas de las novelas de viajes de los siglos XVIII y XIX. Sin embargo, Gauguin no buscaba ser escritor. La necesidad le impulsaba a escribir para mitigar la soledad y alejar, de esta manera, las interpretaciones banales de su obra en el mundo “civilizado”. Pero no todo eran vahines traviesas y paseos en taparrabos por la playa. Gauguin fue a Tahití con la intención de desprenderse de lo civilizado, pero Europa le perseguía incansablemente. Las deudas y las desavenencias constantes con las autoridades locales, le hicieron regresar a Francia. De nuevo, al Infierno moderno. A pesar de ello, su ánimo no mermó. En la Exposición Universal del 1889 tomó una gran cantidad de bocetos y apuntes para volver a su Edén y seguir trabajando en el arte.

En esta segunda estancia en la Polinesia Francesa, primero en Tahití y después en las Islas Marquesas, su salud se agrava y el sentimiento frustrado de reconocimiento en la metrópoli debilita su ánimo. En algunos de sus escritos su ánimo fluctúa, su personaje indómito e incivilizado, se tambalea y deja paso al hombre que lucha por vivir de su pasión y dar al mundo algo grande: “Desde que he conocido la vida sencilla de Oceanía no sueño más que en retirarme lejos de los hombres y, en consecuencia, lejos de la gloria […]”. En los albores de la muerte “el salvaje” duda que su esfuerzo tenga valor para el presente, quizás el futuro. Y luego, más tarde, en la siguiente carta, en el siguiente relato, el artista se levanta y trabaja con mayor ahínco que antes. ¿De dónde saca esa determinación en un contexto tan hostil como era el mercado del arte de finales del XIX? Ese maremoto de ideas, proyectos, pensamientos, que podemos leer una y otra vez como si fueran nuestros; esa insatisfacción, esa necesidad de ir más allá de nuestra rutina y posibilidades. A todos nos ha acometido en algún momento de nuestra vida ese sentimiento, por ese motivo, nunca está de más leer a los artistas, dejarnos llevar por su pensamiento artístico y por sus lecciones de vida, aplicarlo- o no- a la nuestra y contemplar su obra desde otra perspectiva y otros colores.

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Paul Gauguin “¿De dónde venimos? ¿Quiénes somos? ¿A dónde vamos?” (1898)

Gauguin a ratos puede ser ese amigo fanfarrón que llena nuestro Facebook de fotografías y vídeos de sus escapadas exóticas- haciendo que nos pongamos verdes de envidia-, y al momento, ser ese amigo con el que te quejas a gusto de todo y de todos mientras te tomas unas cañas en cualquier bar. Si no existe el Paraíso, inventémosle. Gauguin lo tenía claro.

“Miles de personas hacen lo mismo que yo esta noche, se dejan vivir y sus hijos se educan solos. Toda esa gente va por ahí a cualquier pueblo, en cualquier camino, duermen en una casa, comen, […] ¿Y se les llama salvajes? Cantan, no roban jamás, mi puerta nunca está cerrada, no matan. Dos palabras tahitianas los definen Ia orana (buenos días), adiós, gracias, etc., y Onatu (me da igual, qué más da). ¿Y se les llama salvajes?”

(Tahití, julio, 1891)

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