El arte de lo breve “Haikus clásicos. La mejor poesía japonesa”

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  • Lowenstein, Tom. “Haikus clásicos. La mejor poesía japonesa“. Barcelona: Blume, 2015. (Iª Edición)

 La primera mariposa de la primavera.

Esta criatura sin huesos

se posa sobre la flor del ciruelo.

Hanzan

La riqueza de una cultura se mide por su arte, pero especialmente por su poesía. Hoy en día se nos hace difícil disfrutar de este tipo de literatura. Probablemente no es culpa nuestra. El ritmo de vida actual se va acelerado cada vez más. Ya ni siquiera en el campo podemos encontrar reposo. Es triste darse cuenta que estamos perdiendo nuestra capacidad de asombro. Deseamos lo fácil y rápido cuando lo mejor, sólo se consigue con perseverancia y paciencia.

Únicamente en los haikus podemos encontrar la paz, y de esta manera, reflexionar sobre la increíble belleza que se encuentra a nuestro alrededor.

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“Un pequeño cuco atraviesa una hortensia” Yosa Buson (1716-1784)

Para los que vivimos en una gran ciudad, la naturaleza se nos antoja como un lugar remoto. Un paraíso del que fuimos despojados, donde ansiamos retornar, liberados de todas las responsabilidades del mundo moderno. La naturaleza no nos ha abandonado en ningún momento, somos nosotros quienes le damos la espalda. Siempre podemos llevarla con nosotros y recordar que formamos parte de un mundo más amplio del que creemos conocer.

En mi caso, siempre suelo llevar un libro en mis viajes en tren: un lugar en donde suelen venir a mi mente todos estos pensamientos. Este pasado mes de marzo y coincidiendo con los últimos días de abril, me propuse leer este pequeño libro, al mismo tiempo que en Japón tenía lugar la fiesta de los cerezos. Esta celebración reúne tanto a niños como a mayores para contemplar el florecimiento de su bella y a la vez efímera flor. El cerezo era el emblema de los samurai porque su flor no muere, cae del árbol, pero no se marchita. Se dice que el cerezo sólo adquirió su tono rosado tras el sepukku o suicidio ritual delante de su árbol, de un importante samurai. También el ciruelo tiene una importante carga simbólica en Asía. Este árbol solo florece en invierno a pesar de toda adversidad. Bajo la sombra de estos árboles los maestros del haiku componían la poesía más importante de la literatura japonesa.

Los poemas de Basho, Buson, Issa y Shiki se unen en esta cuidada edición del poeta, antropólogo e historiador, Tom Lowenstein junto a fotografías de John Cleare, que aporta con sus paisajes en blanco y negro, un significado actual a estos clásicos de los siglos XVII, XVIII y XIX. Estos haikus han sido traducidos al castellano por Remedios Diéguez, bajo la supervisión técnica del orientalista Miguel Portillo. Por desgracia, para los que no entendemos el japonés nunca comprenderemos la extraordinaria riqueza léxica que encierra el idioma en estos breves poemas sin título ni rima. En castellano se ordenan en tres versos y son todo un reto para cualquier traductor. Mientras que el japonés facilita este tipo de poesía, nuestro idioma a veces entorpece su ritmo. ¡Pero no nos desanimemos! La poesía siempre será universal.

Matsuo Basho definió en el siglo XVII el haiku tradicional como: “Lo que está sucediendo en este lugar y en este momento“. Es un canto a la naturaleza, a la belleza, al placer de vivir, a la melancolía y también al humor, con un lenguaje poco ortodoxo para oídos conservadores- los conocidos como haikai-, porque todo aquello que puede pasar en un instante es digno de ser evocado en un haiku.

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“Maestro Basho” Katsushika Hokusai (1760-1849)

Esta forma de poesía breve nació de la mano del waka, una forma de expresión reservada a las élites. Del waka surgió la choka y el tanka, esta última, el antecedente del haiku que aparece como reacción a las formas clásicas. No obstante, pronto surgieron las reglas para el haiku: debían tener 17 sílabas en tres secuencias. La primera parte empieza con una imagen tradicional, después otra “menos elevada” para generar un contraste o kireji. También era obligatorio utilizar una palabra que hiciera referencia a las estaciones o kigo, entre otros convencionalismos.

Si para nosotros el dicho: “Lo bueno, si breve, dos veces bueno”, es un dogma de fe en nuestro día a día, para el sencillo y a la vez complejo arte del haiku, lo bueno pasa por ser breve, en todos los aspectos de la vida y no sólo en nuestra experiencia hedonista. Aquí, lo inmediato se hace reposado, porque sólo en ese estado se puede expresar con la mayor brevedad posible, los sentimientos más profundos y elevados como parte complementaria de la naturaleza que nos rodea, y que ya pudimos ver en la anterior entrada sobre “El elogio de la sombra” de Tanizaki.

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Haiga de Inoue Shirô (1742-1812)

Y para finalizar, de manera breve- como marca el tema-, sólo me queda animaros a leer esta pequeña compilación de clásicos del haiku antes de enfrentaros con el Man’yoshu y el Kokinshu: las grandes antologías de la tradición literaria más antigua de Japón.

Empezad con esta pequeñas dosis poéticas y poco a poco, y con perseverancia, como las flores del ciruelo, veréis que el viaje y el camino andado han merecido la pena.

Como nosotros, el mono

cruza los brazos sobre el pecho

para protegerse del frío viento otoñal

Chinseki

¿Os animáis a compartir algún haiku?

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2 comentarios en “El arte de lo breve “Haikus clásicos. La mejor poesía japonesa”

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