Van Gogh, el pintor que sedujo a la cámara

Sus cielos estrellados, sus campos bañados por el sol o sus árboles mecidos por la brisa se exhiben en museos de todo el mundo, y el número de visitantes se triplica cuando hay alguna muestra temporal con alguna de estas obras. Sus paisajes, retratos y autorretratos están por todas partes, en postales, imanes, bolsos de Louis Vuitton, carcasas de iPhone. De vender un único cuadro en vida, Vincent van Gogh ha pasado tras su muerte a ser uno de los grandes artista de la modernidad, cuya obra hoy todos sabemos reconocer. Probablemente, su biografía es de las más filmadas y desde los 50, inaugura un subgénero protagonizado por artistas que transitan la senda de la locura y el genio. Entre las películas más conocidas, tenemos El loco del pelo rojo (Vicente Millenni, 1956) a quien dio vida Kirk Douglas, y entre las más recientes, Loving Van Gogh (Dorota Kobiela y Hugh Welchman, 2017), una versión animada realizada enteramente al óleo según el estilo del pintor. Si la primera es un biopic al uso sobre un artista atormentado por su búsqueda vital a través del arte, la segunda apenas logra ir más allá de su alarde técnico.

Para muchos, Van Gogh más que un artista es un mito y particularmente, para el pintor y cineasta, Julian Schnabel. Entre sus películas, destaca la dedicada al artista Basquiat, del mismo nombre (1997) y la del editor, Jean Dominique Bauby, (La escafandra y la mariposa, 2007). Sus protagonistas son personas dotadas de una gran sensibilidad que se enfrentan a grandes obstáculos y a una total incomprensión. Parecía sólo cuestión de tiempo que este cineasta sumara otra película a las numerosas que hay sobre el más famosos de los postimpresionistas, y es que en 2016 visitó el cementerio de Auvers-sur-Oise, donde está enterrado junto a su hermano Theo, para pintar unas flores que crecían alrededor de su tumba, cuya serie pudo verse por primera vez en la Pace Gallery de Nueva York ese mismo año.

Dicho esto, tengo que decir que no he visto la película, y con la información que he leído del pasado festival de Venecia donde se estrenó, adelanto que no la vería sino fuera por Willem Dafoe, magistralmente encarnado como Vincent van Gogh. Si bien su edad se diferencia con la del pintor en 26 años, el retrato que nos brinda es como uno esperaría que fuera en realidad, y la fotografía de la película ayuda mucho a recrearse en esos detalles. Pero no sólo debemos quedarnos en lo físico. Cuenta el actor que para meterse en la mente del artista pintó durante días au plein air, tal y como hacía su personaje A diferencia de otras películas sobre su vida, A las puertas de la eternidad, pretende ser una reflexión personal sobre la vida y la creación a través de su práctica artística, según el director. Desde sus últimos días, Schnabel va sondeando los pensamientos de este holandés errante, recreándose en algunas conversaciones con personajes inventados como el sacerdote de Arlés (Mads Mikkelsen), o artistas como Paul Gauguin (Oscar Isaac), quien se aproximó como ningún otro a comprender su obra y convivió durante un tiempo con sus fantasmas. Para ello, sus cartas a Theo más que cualquier fotografía o pintura del artista, trazan su retrato en las numerosas adaptaciones cinematográficas, y —como no podía ser de otra manera— también en ésta. Entre aproximadamente 879 lienzos y 1756 dibujos, destacan las 821 cartas que la viuda de su hermano, Johanna Van Gogh-Bonger publicó, intuyendo el gran valor que tendrían sus palabras para la posteridad.

En su carta de julio de 1880 (133), que yo había subrayado en uno de los libros que recopila una parte de esta obra epistolar —y que siempre me acompaña—, escribe: “No sabría decir qué es lo que nos encierra, nos bloquea, parece sepultarnos; pero sentimos la presencia de barrotes invisibles, de rejas, de muros. ¿Todo esto es imaginario, es fantasía? No lo creo. Y uno se pregunta: Dios mío, ¿será por mucho tiempo? ¿Por siempre? ¿Por toda la eternidad?”. Al leer este fragmento, pienso que sólo cogía la pluma para recordar lo feliz que era con un pincel, un lienzo y unos botes de pintura en mitad del campo, y así justificar un trabajo que no parecía tener ningún reconocimiento salvo para unos pocos.

Puede que esta película sea otra más, y sus malas críticas me hacen pensar que así será. Pero como apasionada del arte en un tiempo donde esto importa muy poco o quizá nada, no puedo dejar de releer alguna de sus líneas al azar y sentir que sus ilusiones, su locura y sus fracasos, son también los míos y los de nuestro tiempo.

 

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